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jueves, 16 de octubre de 2014


El agua es la vida para el pez, 
pero el pez es también la vida
para el agua.
                      (Dogen)

Siempre tan claro y lúcido, Dogen señala sabiamente por dónde van los tiros de la percepción, mostrando quiénes somos con una sencillez impresionante. Su enseñanza nos enfrenta con Eso que siempre estuvo delante de nuestras narices, y que solo la ceguera de este falso yo -con el que cargamos de oficio- vela su obvio reconocimiento. En palabras de Kodo Sawaki:

         "Como la hierba en invierno
           invisible en el campo
           cubierto de nieve,
           la garza blanca guarda su cuerpo
           escondido en su propia forma"

Chumpéter se buscaba a través de la economía y terminó en la bebida. ¡Lástima de vueltas y más vueltas! Menos deteriorado, Codorníu seguía con su trenca y su barba en pos de la utopía sin terminar nunca de bajar las musas al teatro. Pudo ser que este me presentase al primero; aunque, en cierto sentido, podría haber sido al revés. Nadie estaba en aquellos momentos para dar lecciones a nadie. También yo andaba perdida en el desencanto de una transición que provocaba la náusea por doquier. En el fondo, los tres deambulábamos inmersos en la misma niebla, el maldito puré de Unamuno. 

Durante una década, hociqueamos inútilmente las sucesivas utopías, dilatando una juventud de treintañeros. Luego, nuestras vidas se fueron separando como cualquier existencia que no da más de sí, y se sabe manida... 

Recuerdo que me replanteé muchas cosas en aquel periodo: la última -a la que más me resistí, aunque fue inevitable-, retirarme del puto cotidiano y ver a estos personajes de uvas a peras...  Por lo pronto, comencé por dejar de hablar con ellos de mi trabajo interior y demás temas circundantes en los que me sentía absolutamente incomprendida.

Saleta.


lunes, 13 de octubre de 2014


Tener conciencia no me obliga
a tener teorías sobre las cosas:
me obliga, tan solo,
a ser consciente.
                       (F. Pessoa)

He necesitado décadas para comprender la relación objetal entre lo que percibimos y el espectador; entre la imagen en el espejo y el espejo en sí mismo. Han sido muchas las idas y venidas, la búsqueda estéril, el revoloteo. No fue tan fácil como lo cuento. No fue: Ayer me quitaba aquello, mañana eso; pasado, lo de más allá... Torpeza tras torpeza, intento retirar aquello que creo ser, un fraude postizo que se aferra agazapado tras el nombre. La propia importancia, como le llama don Juan en los libros de Castaneda, hacía que me enredase a cada paso.

Codorníu fue testigo -aunque no se enteraba de nada- de aquellos años de esfuerzo para reconocer lo falso como falso; para descubrir lo que no era mío (y nada era mío verdaderamente). Ahora me doy cuenta de la larga marcha que supone acumular materiales: obrar las rozas, meter los cables, instalar lámparas, bombillas, interruptores, darse de alta en la compañía...  Todo a ciegas, sin saber lo que va a tardar la negra oscuridad en ceder.

Aunque mi cuerpo se encontraba más a gusto con Chumpéter, Codorníu tenía aquella sensibilidad para con el otro que aproximaba mejor nuestras almas. Recuerdo un día que, tras una manifestación contra la dictadura, conversamos acerca de cómo habíamos llegado cada uno a tomar esa conciencia de clase que nos empujaba a actuar. No estábamos haciendo otra cosa que entretener el tiempo de arena, tras horas de charla seductora contando batallitas.

Al salir del café, apareció en sus labios una frase de Platón, que yo estaba pensando:  "Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro".  Él traía la frase en el contexto de una reflexión sobre política. Pero yo ya sabía entonces, que Platón la usaba en otro sentido. Además, mi mente estaba ocupada en otra cosa que no le dije. Apenas encontré palabras a partir de ese instante. Impactado por la extraña coincidencia, pretexté un dolor de cabeza para irme a casa, y me refugié en la soledad de las verjas del Botánico.



Saleta.

miércoles, 1 de octubre de 2014


"Si se ha ganado la entrada,
 cualquier suceso sirve a tu vida".

                 (Yüan-wu, 1063-1135)

La primera vez que leí esta cita fue en un libro de Daitsen Teitaro Suzuki, que adquirí en una librería de viejo. Corrían los años ochenta y, por aquel entonces, no comprendí en absoluto su significado. Recuerdo, eso sí, que Chumpéterigual que me pasó a míse detuvo en ella al verla subrayada. El que este tema se haya cruzado en su camino me da esperanzas de que algún día comprenda la verdadera naturaleza de la mente y deje la botella de Havana.

- ¿Y esto? -me dijo.

Yo me encogí de hombros por toda respuesta. Nada podía añadir para resolver su curiosidad.

- ¿Por qué la has subrayado entonces?

- Cuando adquirí el libro, ya lo estaba. En algunas ocasiones me planteo si no estaré soñando que estoy despierta -comenté en voz alta sin la más mínima pretensión de satisfacer su curiosidad.

- A mí todas esas frases paradógicas que sueltas no me van -dijo secamente-. Yo creo que hay que bajar la pelota al suelo.

Una tarde (uno de esos días de otoño que nos tropezábamos sin quedar, callejeando por Lavapiés), me regaló -pienso que "porque sí", únicamente- un libro de Dogen, en cuyo epígrafe podía leerse este pensamiento del autor:

"No hay ningún lugar
 si no hallas tu lugar
 en este lugar”

- A ti esto, ¿qué te dice? -le pregunté, sabiendo que la respuesta, de haberla, solo podía venir en su caso de la mano de sus pensamientos del otro día. 

Chumpéter no dijo nada y ahí quedó varado el tema hasta otra ocasión. Era evidente que no tenía la más mínima intención de dedicarle minutos a la filosofía. En su lugar, me levantó dolor de cabeza hablando de Economía, mostrándome sus gráficos con recuentos de la onda de Elliot. La pasión que ponía y su ofuscación era tal que tuve que pilotar yo sola nuestros pasos por los dos. La paz que se respiraba en el Botánico, donde el entorno obliga, detuvo toda su charla inútil y calmó en mí el deseo de escapar de su compañía. Pude desconectar del todo cuando nos sentamos en un banco frente a un centenario flamboyán caribeño, mi escenario preferido. Así estuvimos en silencio durante más de una hora, atrapada la atención por el gorjeo de las aves. 

No es tras la empalizada de la quietud exterior donde el ser humano encuentra su lugar, me hubiera gustado decirle de haber pasado hoy lo del Botánico. En aquellos momentos ignoraba que la cita de Yüan-wu se refería, más bien, a coger todas las olas surfeando. Sin escoger, sin separar las buenas de las malas, sin perseguir, sin rechazar.

Sintiéndome viva y sabiéndolo.

Saleta.