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miércoles, 25 de marzo de 2015

Tú eres Eso que está consciente de que existes. 
                                                    Nisargadatta Maharaj

No somos lo que pensamos que somos. Lo que creemos ser, por obvio que parezca, es solo un concepto; una imagen, hija del pensamiento estéril...

Eso y solo eso murió. El resto lo llevó Chumpéter en una caja hasta la playa de Corrubedo, en mar abierto, amparándose en un Codorníu que le sostenía por el hombro. También este quería que las olas devolvieran, cada primavera, el salitre a mis ojos. Los suyos, se volvieron nidos vacíos de tanto mirarme desde lo alto de aquellas dunas. No se movió de allí, nadie logró arrancarle hasta el tercer día.

Mientras pudimos contar con la saliva ajena que nos volvía poderosos durante unos instantes, soñamos en los ochenta la quimera de estar despiertos. Pero una sacudida, en forma de desencanto, logró reanimar la lucidez y la consciencia, y esta me concedió algo más de tiempo como hiciera con el Gandalf de Tolkien.

- No sé como soy sin tu espejo -repetía Codorníu, mientras repasaba la melena de cenizas que buscaba los filos lunares de las dunas.

En aquellos momentos, los tres teníamos una forma donde apoyarnos. Ahora tan solo soy un recuerdo para ellos; una brisa que se sienta a su lado, camina a su lado y duerme a su lado. Codorníu intuye mi presencia mejor, creo. Una y mil veces le ruego que no pierda el tiempo... que preste atención a lo que siente... que, cuando somos lo que sentimos, nos identificamos con el ser, la existencia, la vida...

Al explotar la primavera se me empañan los ojos, las palabras se hacen de rogar y mi respiración se ensimisma siguiendo el compás de la suya. Entonces, el corazón que compartimos martillea en sus sienes y ahoga un temblor angustioso que le anda tentando en los labios el resto de la estación.



martes, 17 de marzo de 2015


Nadie.
Un sillón de mimbre a la sombra;
agujas de pino esparcidas.
                           (Shiki, 1758-1831)

Cuando mi consciencia sin forma imagina tocar los azules espejos de la tuya, aún embotellada, un extravío de pálpitos apresurados me da los cuartos y las horas para todo lo que queda de día. Te lo digo ahora que estás en la cama, Codorníu; ahora que tan sólo llevas la cuenta de los insomnios, esas certidumbres que odias y apagas lentamente en el cenicero. En tu frente aparece -dando vueltas como en un tiovivo- el sueño de una imposible cita en la estación de Atocha como antaño. 

Te despierto/te despierta un portazo de otros. Mientras desayunas, las bandadas de aves que regresan por estas fechas nos traen a la ventana un diccionario de silencios inmensos. Veo como te ocultas entre los rostros cómplices de los yoes, en un sinfín de emociones subterráneas. Todavía, años después, sigo con la necesidad de tocar tu cuello para escuchar mi corazón... La yugular acaricia mis yemas como siempre, ignorando esa copa de cazalla que llevas pegada a la garganta... Poco más puedo hacer. Lo que puedas comprender con la razón será una imagen, una forma y, en consecuencia, será falso.  Pero tú solo progresas haciendo caminos en la mar conceptual.

Descanso otra primavera en el sillón mencionado por Shiki, donde las agujas de pino esparcidas de aquel haiku dieron tanto juego a nuestras conversaciones. Luego me dejaré llevar de tu mano a Cabo Verde; a Cesárea Évora, a su música, a las premonitorias saudades que nos vaticinaba...

Demasiados recuerdos revueltos, imágenes, añoranzas... amaneceres atrapados por Lavapiés con el trípode al hombro... vagabundeos, señales imprecisas... sin rumbo, sin destino, sin nadie.


sábado, 7 de marzo de 2015

Al clarear, 
la campana repercute en las flores 
cercanas al portón del templo.
                          Saimu (s. XVII)

Ya hace tiempo que no hay heladas. La tierra agradece la mirada suave del sol cuando amanece. Los días transparentes vienen de camino y montones de partículas exóticas, cómo el bosón de Higgs, tienen el espín nulo. Sin embargo, Codorníu todavía no se atreve a pasar del felpudo, siempre acorralado por la ciudad de cemento en que han convertido su mente los mercados. No le seduce deambular mascullando preguntas dolorosas acerca del pasado para darse de bruces con el hachazo imprevisto de la ausencia, como le pasó por mi causa. Sé que me recuerda: eso sí me consta. No puede verme; pero me recuerda... y sufre. 
.
Al fin consigo que salga. 

- Solo mirar -le susurro al oído para convencerle-. Deja que las pupilas se descuelguen por una de esas oquedades para ardillas pelirrojas y percibe atento la canción que cantan las ramas cuando las rompe un nuevo brote. Después, nos volvemos, te lo prometo. La mejor campanada -sigo diciéndole- es la que nos recuerda que hay que mirar. Mirar es algo así como estar en una habitación donde, de repente, se acaba de ir la luz; donde no se ve nada y tampoco se distingue nada al principio; sin embargo, poco a poco te vas dando cuenta de la ventana, la silla, la mesa; los papeles que duermen desde el viernes y que tienes que recoger de nuevo el lunes sin haberlos tocado, los pasos que (con un sueño inmenso) te sacan por la puerta camino del trabajo... Todo vale -le insisto- Tú que estás de este lado: ¡Observa! ¡Siéntate a sentir la vida y saberlo!

Me paso al otro oído y murmuro: 


- El sentir no es estático. Los ojos se acostumbran a la penumbra en otoño, pero han de cambiar el chip en el invierno tardío. El de esta época del año es el desaprendizaje más dulce. Hasta aquí (cuando montas la mente-escenario para el espectáculo del día), tienes la mirada y las imágenes; pero te falta distinguir el fondo. En esta próxima estación, tendrás la luz. En general, estarás con los ojos cerrados, durmiendo despierto. Entonces atiende, que es importante: El corazón de la naturaleza puede hacer de guión, de croquis, de palmatoria; una Ariadna para saber que, como el espín del electrón, estás en algún lugar, en algún momento.  El corazón -repito.




lunes, 2 de marzo de 2015


Mis pasos por esta calle 
resuenan en otra calle
donde oigo mis pasos pasar
por esta calle
donde sólo es real la niebla.

                       Octavio  Paz

Con la proximidad de la primavera me siento menos en la cárcel del cuerpo. De todos los medios hábiles, este posee la mejor llave para espantar el pertinaz tiovivo de la mente. La mirada treintañera de un Chumpéter directo y nada tímido fue un buen desencadenante externo; muy eficaz, mientras encendía mis mejillas con un calor que me llegaba hasta la punta de los pies. 

Sin embargo, ahora siento como los cuerpos caminan solos; como atraviesan en soledad la desértica rutina cotidiana; y como solos mueren. El tiempo nos coloca una máscara enajenada, sin que la carne se lo pida, en un intento rencoroso de colar en nuestro presente su locura imperfecta. Los sueños de Codorníu, tan alejados del suelo y del anclaje rocoso de las sensaciones, perdieron las escalas que colgaban desde lo inalcanzable, y una mañana dominical de invierno terminaron doblados, cual marionetas, sobre la raya horizontal que a todos nos soporta.

Han pasado varias décadas. Ya no salgo de viaje en busca de las Ítacas, porque no quiero ni lo necesito: esto último, sobre todo. Mi pecho, el verdadero, abre su cocina a la conciencia para mezclar intimidades de la vida secreta con otras de la privada y algunas de la oculta. 

Es volviendo a jugar con palos, cuerdas, trapos y cajas como siento que corren por mi piel singladuras, sorpresas y matices sin que haga falta que me imagine navegando. 

Borrando un dulce laberinto de estelas.

Saleta.