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domingo, 27 de septiembre de 2015

La forma es vacío y el vacío mismo es forma; el vacío no se diferencia de la forma, la forma no se diferencia del vacío.
Sutra del Corazón, s. V a.C. 
Codorníu inventa el mundo cada mañana con un encogimiento de hombros. Las palmas de las manos pegadas al cristal de la atención, en un ahora miro/ahora no miro, luchan por sentir el tacto para que se cuelen en su vida la menor cantidad de actos mecánicos. Ese saber que existe, que la consciencia puso de serie en el canastillo de la cigüeña, le da una efímera lucidez. El pensamiento conceptual le dice que el alma de la hormiga de la encimera y la suya son semejantes, por no decir la misma; pero su conocimiento no es cara a cara; ni mucho menos lo tiene presente de forma permanente.

Codorníu hace tiempo que comprende que su existencia es la misma en todo lo que vive; pero no hay experiencia de ello. "Fíjate en la certeza de ser. Es lo único que no cambia nunca", le repito cada noche cuando, soñando, aguardamos en tierra de nadie para volver antes de que amanezca. En cada recodo del sueño, siempre le hallo atraído por el runruneo de las necesidades creadas, persiguiendo cualquier placebo que compense la angustia de creerse separado y, por tanto, incompleto. 

El resultado de la autopsia del disco duro de nuestro pasado común revela esa carencia que se replica cada noche como un fractal matemático, dolorosamente irregular. Los dos conocimos ese pellizco en el estómago que llega ante cualquier absurda ilusión de coger una mano que no sea el ratón del windows. 

Su relación conmigo dejó labradas las amargas cicatrices del abandono: aún están ahí esas ojeras en el espejo, que recuerdan cuando -a su tiempo- perdió su canica preferida por una alcantarilla del destino. 

martes, 15 de septiembre de 2015

El que ve Es lo que está viendo.
                      (Jean Klein)

En la cocina, el vapor de la olla pega un prolongado siseo y sale con fuerza hacia la solitaria porcelana del techo. La atención de Codorníu, después de seguir su estela inútilmente, queda colgando atrapada entre ese instante dulce y su imagen, que sigue bailando en el espejo del acero inoxidable como la camisa de una serpiente sin nóumeno. 

Este yo al que tanto amé en su día cierra los ojos, se apoya en la pared y sonríe. Lo que siente y lo que piensa me sigue concerniendo, desde que el día que nos despedimos sin mirarnos en el andén del metro de Sevilla.  

Ahora la frialdad de los azulejos le trae recuerdos de unas manos que cogían las suyas en un pasado remoto, allá donde el verdín se mezcla con la bruma.

Llegado a este punto, Codorníu deja siempre de mirar a lo lejos a través de un redondel despejado en el cristal empañado de la ventana. En esos instantes, todo, incluido el tiempo, existe de otra forma para sus adentros. Si no más verdaderamente, al menos desmontando alguna que otra emoción tan inútil como reactiva e inevitable

Codorníu no puede aceptar el papel de simple espejismo. Por eso yerra de un sitio a otro, azuzado por la sed de lograr ser alguien que ha despertado: la principal y última de las quimeras que lo mantiene embelesado. 

La resistencia a existir sin identidad permanente y real es titánica. La sola posibilidad de ser un mero nombre "como-si-existiese" acerca la mano a la llama y hace emerger del alcantarillado celular los pánicos más imprevisibles.


jueves, 3 de septiembre de 2015

Aunque la manteca de yak se usa para mantener blandos y suaves los útiles de cuero, la caja de cuero donde se conserva permanece dura como una piedra.
           (Enseñanza tibetana)

Codorníu está mirando hacia la curva por donde deslumbran, al girar, las luces de otros egos que comienzan su búsqueda al amanecer. 

Sentado en el escritorio que hay junto a la mejor de las ventanas de la casa, sigue el compás de la música con un suave balanceo de cabeza. Por el aire suena, anudando corbatas de nostalgia, una “Mariposita de primavera” versionada por Omara Portuondo. Las ojeras de este personaje que fui yo se reflejan en la pared de un vaso humeante de té verde. El aroma mezcla nubes invisibles con las huellas de todos los reveses cosechados, más unos cuantos de propina que no se merecía. Y no me refiero al tiempo pasado que es ayer por el reloj, sino al tiempo que es ayer por el recuerdo.

Entre nosotros baila, interponiéndose, la mirada biselada de su memoria. En una ocasión, nuestras consciencias se mezclaron como las aguas de dos caños; pero para Codorníu fue imposible recordar por dónde se habían quedado las promesas cuando nos separamos. Quizá estuviésemos hablando de hombros que nunca dejarían de estar, de manos que nunca se cansarían de volar juntas; de apeaderos comunes, soñados con la inocencia de no pensar en nada... 

Me reconozco a mí misma a través de su atención perseverante. Aunque si pudiera emocionarme lloraría ante la inutilidad de sus esfuerzos por alcanzarme. Y es que sigue interpretándolo todo en términos de un yo permanente y separado, y no se trata de eso realmente. 

La búsqueda es la trampa. Codorníu ha de hacer el vacío, desechar los conceptos, tener la convicción absoluta de que es la misma consciencia la que asume innumerables formas. ¡Si supiera cuánto deseo que llegue el instante en que se olvide de sí mismo!