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lunes, 23 de noviembre de 2015

En un campo 
soy la ausencia de campo. 
Así sucede siempre. Dondequiera que esté 
soy aquello que falta.
 
(Mark Strand, 26 poemas tempranos)

El otoño agoniza cuando lo dice el frío. Con puntualidad de relojero, la piel siempre manda sobre el calendario a la hora de congelar al buscador que se patea el bosque profundo. ¿Dónde leches se oculta el riachuelo?, se pregunta Codorníu, con la mirada perdida en el fondo del barreño azul de plástico mientras lava las hojas de lechuga. 

Le aconsejo que, cuando llueva, combine el metrónomo de su corazón con el sonido cadencioso de las gotas que dejan caer los canalones agujereados. Los pliegues labiales de su oído beben a pequeños sorbos mis palabras, en el amplificador de una lata oxidada en el patio de luces. Es una alternativa. Por las emulsiones brillantes de las cuerdas de tender se alarga una sonrisa bonachona de sabiduría oculta. Fijarse en eso también puede ser importante; porque al ser conscientes de un objeto, somos conscientes de la consciencia que lo da a conocer.    

Codorníu (le susurro...), la quimera de la separación se disuelve ante el potente foco del presente, como la nieve ante la garza blanca. En el fondo del charco de la vida ya somos uno, le digo. ¿Tanto te cuesta verlo? Saca una mano y muéstrala extendida a la sorpresa, a la perplejidad y al hallazgo repentino de aquello que jamás perdiste...  Y deja que las cosas sean.

domingo, 15 de noviembre de 2015

En los tiempos sombríos, ¿se cantará también? 
También se cantará sobre los tiempos sombríos. 
                                 Bertolt Brecht

A pesar de que Codorníu jamás deja de estar presente a mis ojos, hay muchos momentos en que los nubarrones cotidianos le ocultan mi mirada. Terco como una mula, sigue empeñado en querer atrapar el espejo como si fuera un reflejo más. Sería la monda que alguien que ha llegado tan tarde a sí mismo pudiese desmontar su ignorancia con tan solo utilizar el intelecto. Gracias a este, al menos, va pelando la corteza de sus torpezas intensamente repetidas; aunque ese transporte le deje en una parada muy lejos de la meta. 

Con el amanecer siempre le pillo embelesado, fijos los ojos en la primera página en blanco de este incunable que escribimos a medias. Ahí, con la mente ensimismada, aprovecho de puntillas para devolver el libro a su mesilla. Cuando acaba el día y se duerme, me lo llevo de nuevo. No me aguardan sorpresas. «Déjame que te espere, aunque no vuelvas»me contesta siempre como único comentario a mi correspondencia. Solo por esto, Codorníu me ha ganado para estar eternamente a su lado.  

Ahora mismo está leyendo algo que le dejé anoche: «No hay nadie cuando se actúa, cuando se piensa. En ese mismo instante todo fluye sin un autor que firme lo que sucede; solo después de actuar es cuando el ego se apropia el acto, el pensamiento o lo que sea. Jamás estuvo presente nadie; aunque un segundo después el personaje lo pretenda con todas sus fuerzas».

domingo, 8 de noviembre de 2015

Hay una persona imaginaria en mi mente, yo. Pero cuando miro, ahora mismo... y trato de hallar a este "mi" no encuentro nada. ¡Es solo un pensamiento! 
(C. Hayes, La paz perfecta)

Al otro lado del cristal diluviaba. Levantarse del ordenador y salir a la calle fue todo uno. Codorníu necesitaba volver a unir las piezas de esta realidad fraccionada, darles una nueva gestalt, sentir cómo las partes se volvían arenilla entre los dedos de su mente. Había algo tan doloroso en la locura de esta vida, en su extravío, que su yo llevaba tiempo bajo sospecha. Cuando quiso parar -si es que alguna vez quiso- ya era tarde: estaba atrapado entre aquellos espejos vacíos que se miraban frente a frente, simulando la existencia de imágenes contra toda lógica.

Ese día la lluvia me trajo su primera llamada de auxilio. En un principio dudé por si se trataba de una corazonada mía (aún tengo abierta una cuenta con él y sus caramelitos desde aquel andén de la estación de metro de Sevilla. Aunque de eso había pasado tanto tiempo…) Con prudencia, me acerqué lentamente y me mantuve a su espalda, dándole margen para que se fuera sacudiendo de encima los recuerdos que aún le intentaban gobernar. 

Me conmueve la energía que consumen estas fantasías que se tienen por verdaderamente existentes. Lo mismo me pasó con Chumpéter. Tal vez esa visión me delató, y Codorníu cambió el paso a más lento, poniendo en cada una de las pisadas una intensa atención. Cuando se hizo consciente de mi presencia, comenzamos juntos a digerir el aluvión de emociones (inexpresables todas ellas), que emergían a borbotones por una boca de riego rota en nuestro pasado compartido. Fue como si él se volviera y, de forma voluntaria, me enchufase un USB con el archivador donde estaba todo lo suyo, todo lo nuestro...  Así, sin más; 似心伝心 (de corazón a corazón).

Estuvimos un instante, cogidos de las manos, flotando fuera del tiempo cual cosmonautas por el exterior de una nave. Fue suficiente; aunque eso ni se lo dije ni creo que se diera cuenta.