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miércoles, 16 de diciembre de 2015

No podría haber palabras escritas sin el papel; pero los hombres siempre olvidan el papel cuando leen las palabras. 

                         Ramana Maharshi 

La luz se cuela entre los deshojados plataneros. El viento trenza sus haces en el aire dejando un lazo de murmullos en la mañana. Codorníu lleva unos días siendo más personaje que ser. La sombra de un guiñol ofuscado baila con el crepitar contra las paredes internas de una carbonera humeante llena de brasas: su cuerpo. 

En la cabeza se aprieta un puré de pensamientos y deseos. Parece que está a punto de quedar al descubierto un puzzle completo de lo percibido. Pero los rodales del karma poseen el terco magnetismo de Escila y Caribdis y, al menor descuido, le arrojan contra los arrecifes privándole de mi presencia.

Cargado como un Sísifo con su bola, le acompaño a desescombrar materiales acumulados por él después de tantos años. En el parque que hace de vertedero hay ya de todo: olas en la mente, movimientos erráticos que tienen como meta la felicidad; pasiones movidas por la energía, deseos... Y en general, apuntes apresurados acerca de vidas imaginarias que han sido claves en su conducta. 

Codorníu va camino de cambiar los deseos que le mueven. Cada vez necesita menos. «LLeva la mente a casa», le pido al viento que le susurre. Cuando está tranquilo, su corazón contempla la necesidad de hacer feliz más que de ser feliz.  Y eso ya es mucho.