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martes, 1 de noviembre de 2016

«Al ser conscientes de algo que percibimos, somos conscientes de la Consciencia. Ella es consciente de Sí misma, estemos o no atentos; tanto si nos apropiamos de la observación, como si no».
Codorníu fue un testigo de piedra de tantos años de esfuerzo para ver lo falso como falso; aunque este “ver” no pasara entonces de una mera comprensión intelectual. 
Recuerdo un día que, tras una manifestación, conversamos acerca de cómo habíamos llegado cada uno a tomar esa conciencia de clase que nos empujaba a participar en actos de más o menos riesgo, según el periodo. Tras una hora de charla, contando batallitas sobre lo que significaba para cada uno de nosotros eso de “ser consciente”, hubo un instante que, con un simple cruce de miradas, supimos que caminábamos por una calle cortada que nos invitaba a sacarnos de allí por puertas distintas. Unos reflectores inesperados, iluminando el callejón, nos desvelaron que no estábamos haciendo otra cosa que entretener el tiempo sobre las tablas de un teatro sin público. A partir de ese momento no dijimos palabra –el silencio es mudo y no pudo ayudarnos– hasta salir del café.
De aquellos otoños, apenas quedan hoy reflejos en la loza manchada por el vino. De las rosas, ni rastro; aunque tampoco es necesario: mis pies han dejado de vendimiar hace años; los dedos, de marcar un número donde no hay nadie nunca... nadie real, quiero decir.
Como la paloma de Alberti, la cometa de Codorníu se escora angustiosamente en el aire, emulando a un ave separada de la formación migratoria. Sus brazos de caña baten contra el futuro con angustia, con miedo a troncharse. 
Las fiestas de San Cayetano, me han traído su recuerdo por la música de la calle, el chirriar de unas cuerdas de la ropa mal engrasadas, o un batir de tortillas que rebota haciendo un helicoide por el patio de luces antes de perderse en las estrellas…
Ambos nos dejamos retroceder hacia el pasado, relamiendo -entre risas- los labios soñados.

sábado, 5 de marzo de 2016

No hay nadie más ahí fuera, porque no hay ningún "ahí fuera".

Durante los siguientes días, el sueño de Codorníu viaja por el azul del cielo siguiendo la estela de las nubes blancas... 

Sin embargo, gracias a los preliminares de las décadas pasadas, el engaño de estar ante una "sólida realidad" se va diluyendo, aunque apenas se perciba... El charco de temores de toda una vida sigue pareciendo un océano imposible de evaporar.

A pesar de que por el día sus ojos están abiertos, Codorníu intuye que no está viendo con los ojos del cuerpo; que siempre es la mente la que ve, la que oye, siente y pone en marcha los personajes y escenarios cotidianos...

Es más que probable, según me comentó junto al guardarropa, que lo que parece estar fuera, sea tan solo una película proyectada en la mente por ella misma y para ella misma. Y, como todo lo demás (que aparenta llegar desde el exterior), el cuerpo mismo tan solo se trate de una experiencia mental y no física.  

No necesité ponerme ante un espejo para saber que mis ojos brillaban de alegría. Es algo muy difícil de admitir, acerté a decir aquella noche, en medio de la emoción. 

Quien nos oiga nos tomará por locos, dijo soltando una sonora carcajada...  Es complicado de ver, añadí yo, porque es la mente la que está viendo sus propias imágenes, incluido el personaje que crees ser... La mente es el hábito de ver cosas falsas y después aceptarlas como verdaderas.

Al despedirnos, intuí que a Codorníu no le vendría mal un poco de calma. En ocasiones sus zancadas "espirituales" me daban vértigo, ya que apenas echaban raíces en el corazón, fuera de la mente conceptual. Por eso deslicé en su mente una anécdota: las palabras que la hija de una amiga le decía a esta de pequeña... "Mami, yo no lloro, porque solo es un cuento"...  


jueves, 18 de febrero de 2016

"Se te ha adjudicado cierto papel en este sueño y has de escenificarlo sin temor a los resultados. 
Lo único que está en tu mano es interpretar tu papel lo mejor que puedas; aunque tal recomendación es absurda porque es algo inevitable que ya haces en cada momento dado que no eres el soñador del sueño". 

(Krishna a Arjuna en el Bhagavad Gita)

Esta semana,  Codorníu ha disfrutado del espejismo de la vida y se ha dejado llevar en volandas, con el pretexto de festejar cumpleaños seguidos. Cuando entré al local, me coloqué a su lado; había bebido, hablaba por los codos y no me reconoció. No hube de esperar mucho: mientras dábamos vueltas con los pasodobles del acordeonista, aproveché para susurrarle al oído. En teoría, sabe de qué va todo este lío; pero únicamente saldrá del laberinto cuando se vuelque cien por cien en la práctica como si le fuera la vida en ello. 

"En ningún momento deberías olvidar que estás soñando", le transmití aprovechando que nuestras frentes se acercaron. "Te falta tomar conciencia de que eres el soñador único, el autor impersonal del sueño; el que hace que sus personajes actúen fuera, en lo externo". 

Ellos, los personajes, son un símbolo de lo que hay en el inconsciente global.  Si Codorníu tiene presente esto, también accederá a la convicción de que está soñando. Entonces sabrá que ahí fuera no hay nada más que una proyección de la mente. 

"Tienes miedo de las ilusiones, porque no eres consciente de que has sido tú mismo quien las inventó. Lo que mantiene vivo el miedo es que no ves que eres el autor del sueño y no una de sus figuras, como crees".

Esto último se lo dejé caer, en un aparte, mientras esperábamos los abrigos junto al mostrador del guardarropa. El tiempo que permaneció clavado allí, de espaldas, acodado como una estatua, me hace albergar esperanzas de que alguna palabra llegue a tiempo de colarse en el bosque profundo.