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sábado, 25 de julio de 2015

Oscuro túnel,
ya no miro el paisaje
sino mi rostro.
          Susana Benet

Mikael me ocupa las veinticuatro horas del día; aunque no por eso quiero dar la impresión de que me olvido de Codorníu, al que acojo y reflejo a partes iguales cuando, sentado ante mí (cosa infrecuente, pues este calor le mantiene todo el día de los nervios), ancla su atención en el sonido de las aspas del ventilador del techo. De noche sale a pasear por aceras solitarias retardando el momento de meterse en la cama. La bolsa de basura, colgando de su mano cual peso muerto, y el corazón de zahorí -reventado por las arritmias del desencanto- no paran de rastrear conexiones a ver si el radar se topa con alguna frecuencia pasada donde fuimos felices.

Pero Codorníu anda buscando instantes que la memoria se encarga ya de dosificarle por simple economía. La muy tacaña retiene para sí los últimos sustantivos de colección que leyó de mis labios y, a cambio, se desprende del dolor inhumano que subyace bajo sus yemas, mientras, por el día, se pega a muebles y paredes. La memoria gasta guantes de látex; sabe que no hay que dejar pistas para no ser alcanzada por la culpa que aún persigue a este mudo inquilino conceptual del espejo.

El tiempo no hace excepciones: se encoge para todos los reflejos y empaña su rostro de tanto condensarse. Embriagadas en medio del vapor, las imágenes fingen una existencia que no tienen. Cada noche, en la mesa, Codorníu repasa los arabescos del hule buscando una salida al laberinto. Ningún apetito le recuerda a la vida: cena -o hace que cena- entre migas de pan tiradas a los dados. 

Un batir de tortillas guitarrea con las cuerdas de tender en el patio. Es lo único ciertamente real; precisamente en ese contexto: sin nadie que lo escuche.

domingo, 19 de julio de 2015


No existe nada llamado mala experiencia.
Las malas experiencias son la reacción
de tu resistencia a lo que es.
                                (Yogi Amrit Desal)

Codorníu, a tu edad deberías estar harto ya de ruidos y de ruedos. De ruidos, porque cada noche las obsesiones te ponen la cabeza como un bombo. De ruedos, porque eso que no para -al tumbarte en la cama cada vez que cierras los ojos- se llama desangrarse.

Aún no sabes que soy yo la causa que te empuja a salir por las calles vacías. Un caminar difícil, tropezando de una en una con las farolas inoportunas que se interponen. La más recurrente: el sobresalto del abandono, la angustia, tus súplicas entrecortadas, el lento descenso en mis brazos hasta la ebria oscuridad...

¿Y todo para qué? Al final siempre echas el cierre con un llanto seco, solo interrumpido por las bruscas sacudidas de los suspiros. Así llevamos... ¿Cuánto?

Lo tienes muy difícil. En estos momentos, poner atención a lo que sientes te parece una gesta propia de semidioses. Pero no hay otra, créeme. La única salida es encarar una por una esas malditas emociones que el corazón pone en órbita por la zona del pecho. Hazme caso: no las huyas, no bebas, sopórtalo a pelo. 

Sé que es muy duro; pero si las miras fijamente, se revelará tu naturaleza ficticia. Si deseas liberarte de ellas sinceramente, piensa esto que te digo: Nunca es la persona la que se libera, sino que se libera uno de la persona.  

Comprender esto y reconocer lo falso como falso es a lo que has venido a este mundo. Como decía Adriano: Correr tras otras cosas no vale la pena. 

Hay que dejar los peces en el agua.

sábado, 11 de julio de 2015

Al mirarte en el espejo,
forma y reflejo se contemplan.
Tú no eres el reflejo;
pero, ciertamente, el reflejo   eres  tú.
               (Tozan  807-869)

Un día se lo leí a Lacan: «Lo externo son meras proyecciones». Sin querer he saltado la raya de nuevo; otra vez el brinco hacia el pasado, desandando la espumosa vereda que se cerró tras la barca de la juventud. 

Ya en la orilla, en brazos de mis sueños, vas tú, Mikael, recorriendo la curva que forma el mar azul contra la arena blanca. Poco después, despiertas destemplado en la playa; te quedaste dormido, el sol ya no calienta: para un adolescente todo es desasosiego. 

Mientras pude, mientras me dejaste, te llevé una tumbona y te sugerí la siesta entre las dunas. Intento no perder nunca el gesto, a pesar de tus gritos; a pesar de ese mundo rígido de las formas. Aún ahora, cuando sientes algo de frío y te incorporas, empiezo a soñar que froto tus hombros con mis manos. ¿Cómo hacerte llegar el más pequeño, tierno y amable de los detalles?  

Sueño que todo a tu alrededor está envuelto por esa luz especial que suaviza los perfiles y toca los colores con esos tonos pálidos y pacíficos, tan resultones para la fotografía. 

Dejo que oigas mis pasos; también tenues, como los tonos. Te vuelves. El mar queda a la espalda. Levantas la cabeza... 

Nadie. 

Y es que no hay nadie, Mikael. A veces se oye fuera y es dentro. Rectifico: siempre es dentro. O mejor: no existe eso de afuera y adentro. Te he contado mil veces que también le susurro esta verdad a Codorníu... 

Otra cosa es que no encuentre el camino para que la hagáis vuestra. Y esa es mi pena.

, Cartas a Mikael.