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miércoles, 16 de diciembre de 2015

No podría haber palabras escritas sin el papel; pero los hombres siempre olvidan el papel cuando leen las palabras. 

                         Ramana Maharshi 

La luz se cuela entre los deshojados plataneros. El viento trenza sus haces en el aire dejando un lazo de murmullos en la mañana. Codorníu lleva toda su vida siendo más personaje que Ser. La sombra de un guiñol ofuscado baila con el crepitar contra las paredes internas de una carbonera humeante llena de brasas: su cuerpo. 

En la cabeza se aprieta un puré de pensamientos y deseos. Parece que está lejano eso de quedar al descubierto un puzzle completo de lo percibido. Los rodales del karma poseen el terco magnetismo de Escila y Caribdis y, al menor descuido, le arrojan contra los arrecifes privándole de mi presencia.

Cargado como un Sísifo con su bola, le acompaño a desescombrar materiales acumulados por él después de tantos años. En el parque frente a su casa, que hace de vertedero, hay ya de todo: olas en la mente, movimientos erráticos que buscan la felicidad sin saber cómo; pasiones movidas por la energía, deseos... Y en general, apuntes apresurados acerca de su historia personal, fotogramas imaginarios que han sido claves para hilvanar su conducta reactiva. 

Codorníu va camino de cambiar la percepción. Cada vez necesita menos lo externo. «LLeva la mente a casa, abandona este mundo en tu mente, céntrate en el Yo Soy...», le receto a la noche, cuando pasea tranquilo con la bolsa colgando camino de los cubos de basura. 

lunes, 23 de noviembre de 2015

En un campo 
soy la ausencia de campo. 
Así sucede siempre. Dondequiera que esté 
soy aquello que falta.
 
(Mark Strand, 26 poemas tempranos)

El otoño agoniza cuando lo dice el frío. Con puntualidad de relojero, la piel siempre manda sobre el calendario a la hora de congelar al buscador que se patea el bosque profundo. ¿Dónde leches se oculta el riachuelo?, se pregunta Codorníu, con la mirada perdida en el fondo del barreño azul de plástico mientras lava las hojas de lechuga. 

Le aconsejo que, cuando llueva, combine el metrónomo de su corazón con el sonido cadencioso de las gotas que dejan caer los canalones agujereados. Los pliegues labiales de su oído beben a pequeños sorbos mis palabras, en el amplificador de una lata oxidada en el patio de luces. Es una alternativa. Por las emulsiones brillantes de las cuerdas de tender se alarga una sonrisa bonachona que puede ser importante. Codorníu sabe que al ser conscientes de un objeto, somos conscientes de la consciencia que lo da a conocer.  Pero en esa escena Codorníu no sabe que sobra.    

Codorníu (le susurro...), la quimera de la separación se disuelve ante el potente foco del presente, como la nieve ante la garza blanca. En el fondo del charco de la vida ya somos uno, le digo. ¿Tanto te cuesta verlo? Saca una mano y muéstrala extendida a la sorpresa, a la perplejidad frente al hallazgo repentino de aquello que jamás perdiste: estar vivo y saberlo

Ah, y deja que las cosas sean -como decía Heiddegger.

domingo, 15 de noviembre de 2015

En los tiempos sombríos, ¿se cantará también? 
También se cantará sobre los tiempos sombríos. 
                                 Bertolt Brecht

A pesar de que Codorníu jamás deja de estar presente a mis ojos, hay muchos momentos en que los nubarrones cotidianos le ocultan mi mirada. Terco como una mula, sigue empeñado en querer atrapar el espejo como si fuera un reflejo más. Sería la monda que alguien que ha llegado tan tarde a sí mismo pudiese desmontar su ignorancia con tan solo utilizar el intelecto. Gracias a este, al menos, va pelando la corteza de sus torpezas intensamente repetidas; aunque ese transporte le deje en una parada tan lejos de la meta. 

Con el amanecer siempre le pillo embelesado, fijos los ojos en la primera página en blanco de este incunable que escribimos a medias. Ahí, con la mente ensimismada, aprovecho de puntillas para devolver el libro a su mesilla. Cuando acaba el día y se duerme, me lo llevo de nuevo. No me aguardan sorpresas. «Déjame que te espere, aunque no vuelvas»me contesta siempre como único comentario a mi correspondencia. Solo por esto, Codorníu me ha ganado para estar eternamente a su lado.  

Ahora mismo está leyendo algo que le dejé anoche: «No hay nadie cuando se actúa, cuando se piensa. En este mismo instante todo fluye sin un autor que firme lo que sucede; solo después de actuar es cuando el ego se apropia del acto, pensamiento, emoción o lo que sea. Jamás estuvo presente nadie; aunque un segundo después este yo-que-crees-ser se ponga la medalla con todo su morro».