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domingo, 18 de junio de 2017

"Cuando a un niño le enseñas que un pájaro se llama 'pájaro', el niño no volverá a ver el pájaro nunca más". 
               (J. Krishnamurti)
                          
Aunque me consta que tiene fe en mí y sabe que nunca encontrará nada aparte, Codorníu aún sigue las huellas de esa persona imaginaria que aparece tan vívida y real en su experiencia. Hace tiempo le insistí que su mente ha de aceptar que nada existe y llegar al punto de la completa comprensión de este mundo como ilusiorio. Tendrá que ir aceptando el hecho de que ese-que-cree-ser tan solo es un pensamiento, y que el que está de más en la escena real es él.

«Enfócate en la consciencia más que en su contenido, y deja de buscar al Ser donde no está», le hago llegar a Codorníu a través de un libro que ha hojeado en una caseta de la cuesta Moyano; un ejemplar viejo, de segunda mano, lleno de subrayados. 

Me gustaría poder sacudirle por las solapas y decirle: Deja de imaginarte que haces esto o lo otro, y que eres esto o lo otro. Sé sin forma y sin nombre. Cualquier cosa que va y viene es irreal, no le des más vueltas. Lo que tanto buscas ya está aquí, claro y presente. 

Pero al final, siento que eso de "ser sin forma y sin nombre" no puede realizarse de la noche a la mañana; así que, bajo un tono y le susurro algo más fácil de entender:

- ...Aquí, de este lado, hay lo que hay; aunque uno no quiera. Y no hay lo que no hay; aunque uno lo desee con vehemencia. 

Codorníu comprende con claridad que al ser conscientes de un objeto somos conscientes de la consciencia que lo da a conocer. Eso lo tiene claro. La consciencia no es un testigo sin más sino también la sustancia de todo lo que aparece en Ella.  La sustancia de cualquier reflejo es el espejo.

Lamentablemente, esa sabiduría no pasa de la "cabeza" y, por tanto, le abandona en cuanto se descuida. 

martes, 6 de junio de 2017

El hombre no tiene un yo individual. En su lugar hay centenares y miles de pequeños yoes separados, a menudo totalmente desconocidos entre sí, nunca en contacto -al contrario-, hostiles entre ellos, mutuamente excluyentes e incompatibles. Cada minuto, a cada momento, el hombre dice y piensa “yo” y cada vez ese yo es diferente.
(G. I. Gurdjieff) 

No hay nadie, Codorníu. Ni fuera ni dentro. Lo que hay detrás de ese yo que crees ser se encuentra tan fragmentado que, en rigor, se tendría que hablar de una infinita colección de conexiones o programas aprendidos; papeles y subpapeles listos para reaccionar ante un estímulo. En el fondo, se trata de una comuna anarquista perfecta, donde nadie se apunta lo que hace, y nada se queda sin hacer, por lo que todo esfuerzo es realmente impulsado sin tu permiso.

Esto parece ser un trágala demasiado fuerte para una mente lógico-conceptual (el cerebro frontal dotado por la naturaleza para evolucionar), que al no ver un solo sujeto detrás de estas acciones, permanentemente piensa: 

- Aquí falta algo.

Y como para el citado "departamento de pensamientos" crear conceptos es lo más fácil del mundo, no se le ocurre otra solución que deducir una imagen mental que asuma el papel de erigirse en el hacedor de todas las idas y venidas propias de los patrones reactivos. 

Este ilusorio hacedor es lo-que-tú-crees-ser, Codorníu, un sólido "coordinador" de todos esos procesos, un mero concepto al que le ponen una gorra y un pito y le nombran general; aunque, en realidad, ese yo sea lo más parecido a un espantapájaros que se me ocurre. Tan similares son ambas imágenes, que -desde lejos, sin una atenta observación- fingen existir a la perfección.

Así que, donde no hay (ni es necesario que haya) el más mínimo responsable de los hechos, nos encontramos a cada paso ante el depositario -y ahí comienza el lío- de la culpa y el miedo, por estar convencido de que todo tiene que ver con él; tanto lo que cree que hace, como lo que cree que recibe.

Sentirás mucha paz en el mismo momento que te atrevas a reír a carcajadas de lo que parece sucederle a este tal Codorníu. De forma que sabiendo todo esto, tienes que "hacerlo" lo mejor que puedas; sabiendo que no puedes hacer nada, y que tu voluntad es mera ilusión. 

Prueba, prueba...

lunes, 3 de abril de 2017

"Nuestra visión y contemplación viaja al espejo. Ve y contempla lo que allí ve y contempla, y vuelve de regreso a nosotros. Entonces el ignorante se dice… “Yo soy eso que estoy viendo”. Mientras el sabio se dice… “Yo soy el que ve eso que estoy viendo. Estarlo viendo me hace saber que yo soy; pero yo no soy lo que estoy viendo”.                                                   (Pedro Rodea, El libro del espejo)


El mundo dejó de apretar a Codorníu, lo que aproveché para asomarme al otro lado del cristal, cuando -el muy cotilla- ojeaba una forma bonita de mujer. La mirada bastó para engancharle durante unos minutos, lo que aproveché para decirle que buscase aquello que nunca ha dejado de estar presente en su experiencia, aquello que nunca cambia. Fíjate, le dije a través del vaho, en ese "Conocer" que atestigua todas tus experiencias. Mira todo lo que viene y va en ti, y suéltalo porque nada de eso eres tú.

No te apropies de ese "Conocer", no dejes que tu mente piense que poner luz en la experiencia es una función del cerebro. No creas al Codorníu que te dice al oído que "tenemos una consciencia particular para cada uno". El "Conocer" no está embotellado en un cuerpo individual, por más obvio que parezca. Este error viene de la costumbre de creerse un cuerpo en un mundo proyectado por la mente. Ese "Conocer" -que aparece en el cuerpo- es al revés: toda la película del mundo (tu cuerpo incluido) es conocida por la consciencia, sin cuyo soporte nada "existiría" como reflejo; aunque sin este último, la consciencia no sería consciente de sí misma.

No es necesario dar las luces de la sala ni parar la proyección para "intuir" la presencia de la pantalla. No hay problema en que siga pasando la película; basta con que cada vez le des menos importancia tanto a las imágenes como a las acciones que ocurren.

Y, por último, no olvides que como consciencia -tu verdadera identidad- siempre estás presente, sin esfuerzo...
  
En realidad, tu verdadera identidad es la Consciencia de un bebé: Consciencia eternamente existiendo sin tener consciencia de su existencia; consciencia que, más adelante, pasará por una fase de ilusoriedad transitoria al identificarse con un cuerpo. 
Tan lejos del personaje que crees ser. 
Y, a la vez, tan cerca.