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martes, 6 de junio de 2017

El hombre no tiene un yo individual. En su lugar hay centenares y miles de pequeños yoes separados, a menudo totalmente desconocidos entre sí, nunca en contacto -al contrario-, hostiles entre ellos, mutuamente excluyentes e incompatibles. Cada minuto, a cada momento, el hombre dice y piensa “yo” y cada vez ese yo es diferente.
(G. I. Gurdjieff) 

No hay nadie, Codorníu. Ni fuera ni dentro. Lo que hay detrás de ese yo que crees ser se encuentra tan fragmentado que, en rigor, se tendría que hablar de una infinita colección de conexiones o programas aprendidos; papeles y subpapeles listos para reaccionar ante un estímulo. En el fondo, se trata de una comuna anarquista perfecta, donde nadie se apunta lo que hace, y nada se queda sin hacer, por lo que todo esfuerzo es realmente impulsado sin tu permiso.

Esto parece ser un trágala demasiado fuerte para una mente lógico-conceptual (el cerebro frontal dotado por la naturaleza para evolucionar), que al no ver un solo sujeto detrás de estas acciones, permanentemente piensa: 

- Aquí falta algo.

Y como para el citado "departamento de pensamientos" crear conceptos es lo más fácil del mundo, no se le ocurre otra solución que deducir una imagen mental que asuma el papel de erigirse en el hacedor de todas las idas y venidas propias de los patrones reactivos. 

Este ilusorio hacedor es lo-que-tú-crees-ser, Codorníu, un sólido "coordinador" de todos esos procesos, un mero concepto al que le ponen una gorra y un pito y le nombran general; aunque, en realidad, ese yo sea lo más parecido a un espantapájaros que se me ocurre. Tan similares son ambas imágenes, que -desde lejos, sin una atenta observación- fingen existir a la perfección.

Así que, donde no hay (ni es necesario que haya) el más mínimo responsable de los hechos, nos encontramos a cada paso ante el depositario -y ahí comienza el lío- de la culpa y el miedo, por estar convencido de que todo tiene que ver con él; tanto lo que cree que hace, como lo que cree que recibe.

Sentirás mucha paz en el mismo momento que te atrevas a reír a carcajadas de lo que parece sucederle a este tal Codorníu. De forma que sabiendo todo esto, tienes que "hacerlo" lo mejor que puedas; sabiendo que no puedes hacer nada, y que tu voluntad es mera ilusión. 

Prueba, prueba...

lunes, 3 de abril de 2017

"Nuestra visión y contemplación viaja al espejo. Ve y contempla lo que allí ve y contempla, y vuelve de regreso a nosotros. Entonces el ignorante se dice… “Yo soy eso que estoy viendo”. Mientras el sabio se dice… “Yo soy el que ve eso que estoy viendo. Estarlo viendo me hace saber que yo soy; pero yo no soy lo que estoy viendo”.                                                   (Pedro Rodea, El libro del espejo)


El mundo dejó de apretar a Codorníu, lo que aproveché para asomarme al otro lado del cristal, cuando -el muy cotilla- ojeaba una forma bonita de mujer. La mirada bastó para engancharle durante unos minutos, lo que aproveché para decirle que buscase aquello que nunca ha dejado de estar presente en su experiencia, aquello que nunca cambia. Fíjate, le dije a través del vaho, en ese "Conocer" que atestigua todas tus experiencias. Mira todo lo que viene y va en ti, y suéltalo porque nada de eso eres tú.

No te apropies de ese "Conocer", no dejes que tu mente piense que poner luz en la experiencia es una función del cerebro. No creas al Codorníu que te dice al oído que "tenemos una consciencia particular para cada uno". El "Conocer" no está embotellado en un cuerpo individual, por más obvio que parezca. Este error viene de la costumbre de creerse un cuerpo en un mundo proyectado por la mente. Ese "Conocer" -que aparece en el cuerpo- es al revés: toda la película del mundo (tu cuerpo incluido) es conocida por la consciencia, sin cuyo soporte nada "existiría" como reflejo; aunque sin este último, la consciencia no sería consciente de sí misma.

No es necesario dar las luces de la sala ni parar la proyección para "intuir" la presencia de la pantalla. No hay problema en que siga pasando la película; basta con que cada vez le des menos importancia tanto a las imágenes como a las acciones que ocurren.

Y, por último, no olvides que como consciencia -tu verdadera identidad- siempre estás presente, sin esfuerzo...
  
En realidad, tu verdadera identidad es la Consciencia de un bebé: Consciencia eternamente existiendo sin tener consciencia de su existencia; consciencia que, más adelante, pasará por una fase de ilusoriedad transitoria al identificarse con un cuerpo. 
Tan lejos del personaje que crees ser. 
Y, a la vez, tan cerca.

miércoles, 15 de febrero de 2017



La paradoja de toda práctica espiritual es esta: Debemos hacerla para "ver" que no estamos "haciéndola".

Codorníu no quiere soltar su aparente existencia como individuo, verdadera causa del sufrimiento. Tal creencia proyecta en su mundo externo la ilusión de que es un cuerpo, separado del resto. Esa poderosa ofuscación tiene raíces profundas en niveles de la mente que serían de imposible acceso sin mi ayuda.

Estos días no coincidimos por Madrid y me tengo que conformar con enviarle pensamientos cuando baja la guardia en alguna práctica dirigida a “parar” la mente conceptual. Solo entonces puede ser consciente de la pantalla (o el espejo) que subyace detrás. 

- No hay consciencia individual en ningún personaje que aparece separado en este sueño del mundo –susurro más allá de su oído-. Tampoco en ti, en ninguno. Pero hay una conciencia común, única y completa, detrás de todos los personajes, detrás de toda la película globalmente considerada.  

Mira detrás.

El caso de la pantalla o el espejo me han funcionado muy bien como metáforas ejemplares. A veces pienso que está a un clic de conseguir apartar los velos que le engañan; sin embargo, más de una vez se ha quedado embelesado mirando el dedo que señala a la Luna, y de ahí no pasa. El otro día le advertí que los ejemplos son de mucha ayuda, siempre que no se quedase enganchado.

- En este camino de ir abriéndose paso entre tanta oscuridad, solo una palmatoria auténtica nos guía: la atención. Gracias a ella, quedarán en evidencia cientos de acciones sin sujeto. Cuantas menos de estas te pierdas, mejor. Son vagones que has de ir desenganchando de la máquina -ese yo permanente que crees ser-, hasta dejarla sola y sin sentido. No basta con comprender intelectualmente que tal yo permanente no es más que una alucinación: hay que "ver" que no hace nada, que no tira de nada. 

Pero con solo deducirlo no basta. 

Defiende con uñas y dientes la credibilidad de su existencia como si fuera verdaderamente real. Para ello cuenta con un montaje muy potente, su identificación con el cuerpo. 

Esa es la última baza a la que se aferra permanentemente.