en el bosque de bambú
el viento de
invierno".
(Basho)
Codorníu cierra el libro de haykus, poniendo buen cuidado en dejar el dedo corazón entre las páginas. Luego, cierra los ojos y escucha cómo resuena lo que termina de leer.
Muchas veces, los haykus no le dicen nada; pero cuando llega el momento, uno de entre todos emerge desnudo -desde lo más profundo- y le deja tocado. Ese mismo lo habrá leído mil veces anteriormente; pero nunca pudo pasar del envoltorio mundano: una estructura de versos de buen gusto literario.
Sin embargo, ahora (ese es mi momento) todas las piezas encajan, cobran significado, se acoplan. Traen luz sobre qué hacer con tal revelación.
Con la mirada que cruzamos, puedo saber que ha comprendido la relación tan especial que hay entre la semilla enterrada en un pequeño poema y aquel al que se le ofrece.
Con la mirada que cruzamos, puedo saber que ha comprendido la relación tan especial que hay entre la semilla enterrada en un pequeño poema y aquel al que se le ofrece.
Precisamente por eso, porque la cosa es entre dos, Codorníu intuye que pasar de aquí sería cruzar la raya que nos separa y fundirse en una conciencia global donde ya no existe Saleta ni Codorníu ni personaje alguno. Y ese paso es difícil, muy difícil.

