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martes, 23 de octubre de 2018

Cada uno hemos decidido que es real lo que vemos ahí fuera. Lo que sucede lo hemos pedido en algún nivel profundo. El mundo es un simple espejo: solo refleja fielmente lo que hay en la mente.


Mis yemas recordaban la suavidad y el olor de la piel de Codorníu en las fiestas de Lavapiés, cuando juntos de la mano paseábamos por debajo de los tendidos humeantes de las bombillas de aquella verbena. 

No podía esperar más, ya había decidido volver a Santiago y sabía que no era el momento de tutelar su 'crecimiento' por este lado del mundo hostil. A la semana siguiente, camino de la estación del Norte le dije:

- El último 'secreto' al que tu mente desea enfrentarse es a la culpa original. Lo mantiene escondido en lo más hondo; aunque al final termina por proyectarlo fuera, en espejo, donde encontramos todo tipo de excusas válidas para poder colgarles el sambenito. De hecho no paramos -desde la mañana a la noche- de juzgar y condenar.

- La culpa, ¿por qué? -me preguntó.


No podía responder lo que pensaba. En aquellos momentos habría salido corriendo. La magia del vapor que desprendían las lámparas al entrar en contacto con las gotas de lluvia estuvieron trayendo a mi corazón aquellos paseos durante bastante tiempo, hasta que decidí parar la película. Nada de nostalgia, por más que una y otra vez me asaltara el danzón de su medio flequillo, moviéndose, cuando le conocí, al ritmo virtuoso de su saxo. Codorníu, calado hasta los huesos en la tarima descubierta, se protegía los hombros con la tela de una pancarta de la Asociación de vecinos, mientras el swing jazz retorcía su cuerpo de olivo. 

En aquel tiempo, la espiritualidad era lo último en su agenda.

- Este personaje ilusorio 'que creemos ser' -dije al despedirnos- es la parte de tu mente sometida a los significados que le diste en un pasado. Metidos en el papel interpretado, es imposible escapar de la película que se rueda en la propia mente; pero lo que observamos no tiene sustancia, es ilusorio. Las imágenes se inflan a base de miedos y de culpas. El árbol del bien y del mal determina una base válida en el total de este magma cuántico para asentar la carga de la prueba. A vista de pájaro hay millones y millones de posibilidades. Una vez consciente de una, paran la maquinita de las infinitas combinaciones y esta parece destacar con existencia propia. En Física se conoce como un fallo de onda

viernes, 14 de julio de 2017

"Cuando llueve, 
el espantapájaros
parece humano".
    (Natsume Seibi, 1761–1814

Soy una sensación muy ligera, muy sutil, que hay en los adentros del corazón de Codorníu. Una certeza que pasa por alto, hasta que llevo su atención de la mano mientras aguarda otro tren junto a las vías:  

¿Alguna vez has sentido que existes? ¿Cómo haces para sentir que estás vivo? -le pregunté esa mañana para hacerle menos larga la espera en los andenes- Porque estoy segura que sientes los picores, el calor, un dolor de estómago, un orgasmo, una contractura...   

- No hago nada, porque no se necesita hacer nada -soltó enseguida su mente conceptual-. Estar consciente de ser es algo natural. 

- Te lo preguntaré de otra manera para que no te vayas por las ramas - le dije bajo el paraguas-. Es obvio que existes, pero, ¿cómo haces para saber que estás sintiendo que existes? ¿En qué parte del cuerpo lo sientes?

- Lo sé sin necesidad de hacer nada -me respondió con rapidez-. Es una experiencia escurridiza... algo que se pasa por alto... que se da por supuesto. Puede que sentir que estás vivo y que lo sabes sea como haber nacido pez y estar rodeado de agua. 

- ¡Cuando no estás atento no sabes que existes! -le interrumpí enfadada por tantas lecturas de caballerías orientales que le tienen caliente la sesera-  Eres una versión china de don Quijote.  Un charlatán de feria -le dije.

No le gustó esto, porque quedaba en evidencia lo prestado de sus palabras. Medio noqueado, aproveché para mirar de reojo el libro que llevaba para leer en el tren. En una página que pude ver al azar, le subrayé estas líneas: «Soy, siempre que que soy».

Le seguí hasta que subió al vagón y decidí aguardar a que estuviera sentado cómodamente. Tenía un plan para ese momento de apacible estabilidad. Había pensado susurrarle«Eres un ser consciente, un testigo experimentando apariencias y nada más que apariencias. ¡Siéntelo!». Pero el vagón iba repleto y todo fue inútil: iba de pie, apretujado como sardinas en lata y toda su atención se perdía en las molestias del momento. 

Hasta llegar a Atocha, los pensamientos de Codorníu fueron recogiendo del andén los diferentes "yoes" sin saber cómo desfragmentarlos. No hay prisa. Este tiempo ilusorio se disuelve como azucarillos en un vaso de agua. De hecho es un mero delirio. 

Dejaré que me encuentre, y lo veremos juntos no tardando.

domingo, 18 de junio de 2017

"Cuando a un niño le enseñas que un pájaro se llama 'pájaro', el niño no volverá a ver el pájaro nunca más". 
               (J. Krishnamurti)
                          
Aunque me consta que tiene fe en mí y sabe que nunca encontrará nada aparte, Codorníu aún sigue las huellas de esa persona imaginaria que aparece tan vívida y real en su experiencia. Hace tiempo le insistí que su mente ha de aceptar que nada existe y llegar al punto de la completa comprensión de este mundo como ilusiorio. Tendrá que ir aceptando el hecho de que ese-que-cree-ser tan solo es un pensamiento, y que el que está de más en la escena real es él.

«Enfócate en la consciencia más que en su contenido, y deja de buscar al Ser donde no está», le hago llegar a Codorníu a través de un libro que ha hojeado en una caseta de la cuesta Moyano; un ejemplar viejo, de segunda mano, lleno de subrayados. 

Me gustaría poder sacudirle por las solapas y decirle: Deja de imaginarte que haces esto o lo otro, y que eres esto o lo otro. Sé sin forma y sin nombre. Cualquier cosa que va y viene es irreal, no le des más vueltas. Lo que tanto buscas ya está aquí, claro y presente. 

Pero al final, siento que eso de "ser sin forma y sin nombre" no puede realizarse de la noche a la mañana; así que, bajo un tono y le susurro algo más fácil de entender:

- ...Aquí, de este lado, hay lo que hay; aunque uno no quiera. Y no hay lo que no hay; aunque uno lo desee con vehemencia. 

Codorníu comprende con claridad que al ser conscientes de un objeto somos conscientes de la consciencia que lo da a conocer. Eso lo tiene claro. La consciencia no es un testigo sin más sino también la sustancia de todo lo que aparece en Ella.  La sustancia de cualquier reflejo es el espejo.

Lamentablemente, esa sabiduría no pasa de la "cabeza" y, por tanto, le abandona en cuanto se descuida.