En un campo
soy la ausencia de campo.
Así sucede siempre.
Dondequiera que esté
soy aquello que falta.
(Mark Strand, 26 poemas tempranos)
soy la ausencia de campo.
Así sucede siempre.
Dondequiera que esté
soy aquello que falta.
(Mark Strand, 26 poemas tempranos)
De nada sirve jugar a estar perdida; fingir que no conozco las calles cotidianas, tan tercas, tan iguales al resto de las cosas que parecen llegarnos desde fuera (¿o es al revés?), con esas miradas alargadas y bidireccionales.
Lo que una dice, y no lo que dicen de una, se oculta tras dos ojos y unas cuantas rigideces rebeldes que canalizan las últimas lluvias de juventud sobre la mente. Lúcidos y puntuales, los goterones escurren por un rostro pactado, mientras yo, la verdadera, observo atenta mis extravagancias del pasado, tan pobres, tan humanas...
Y cuando el sueño que me quita el sueño vierte brisas sensuales al oído de Codorníu y se desliza en secretas caricias susurradas, un sutil laberinto que se hace y se deshace en un abrir y cerrar de ojos me esconde el presente para que la vida comience a buscarse a sí misma por espejos vacíos.
Es el momento de saltar de corazón a corazón, recordando -en el de Codorníu- intimidades y matices que no alcanzo a saborear del todo porque son suyos; mientras yo -en el mío- mantengo fantasías desenmascaradas, que hacen de los sentidos una simultánea no-experiencia, con toda su coctelería de mundos estériles.
